Este blog ha sido ideado para plasmar en palabras los grandes y pequeños acontecimientos que van apareciendo en nuestra vida. Tal vez muchos vayan dirigidos a ti, lector conocido. O tal vez a ti que, aún pensando que me conoces, nunca lo has hecho

viernes, 30 de marzo de 2012

Matices de una vida

Hace escasas semanas, pasé el fin de semana en el pueblo de mi padre, en plena meseta castellano-leonesa. Nos juntamos mis padres, mi hermano y demás familia. La intención era desconectar, burlar a la rutina unas horas. Reírse a su espalda.
Tras la copiosa cena del sábado regada con zumo de uvas, decidí -decidió el que viste de vinotinto- que era hora de finalizar el día rodeado de una manta como Dios manda y esperar al alba en brazos de morfeo -del gallo loco os hablaré otro día-.

No recuerdo muy bien el cuándo ni el por qué perdí el hábito de la lectura. Supongo que pasa como en otros tantos hobbies, aparecen y desaparecen como la luna en esas mágicas noches nubladas.

Esa noche la intuía diferente. Para empezar, no dormiría en mi habitación y me iba a perder la maravillosa vista que muestra a la luz de las estrellas el Santo Cristo iluminado en lo alto del pueblo.
Allí entré, pasadas las verticales horarias. Una habitación más grande que la mía, con dos camas de niño colocadas en vertical contra la pared vestida ésta, de azul celeste. Entre ellas, la típica mesita de noche, de color marfil. La calefacción lograba un ambiente cálido en la estancia. En la pared, encima de la mesita de noche, un póster precioso de Las Vegas anocheciendo, souvenir que se trajeron mis padres de su viaje por tierras anglosajonas. La persiana que custodiaba el balcón estaba a medio bajar y hacía que se filtrase un haz de luz que cortaba la cama donde me esperaba mi merecido descanso. Decidí dejarla así. Odio la completa oscuridad. En definitiva, una habitación y una cama desconocidas para mi.

Tras ponerme el pijama, observé encima de la mesita una pila de libros descolocada imitando los escalones de una iglesia antigua. Coronando la torre, un libro. Lo cogí y lo sopesé. Lo primero que pensé fue que pesaba mucho. Caramba, ¿ya ni recuerdas el peso de los libros? -pensé. Tenía la tapa dura como manda un buen libro, de tamaño medio y con la funda de la portada que lo cubre algo arrugada y deteriorada. Sobre ella se leía:

La sombra del viento

En este periodo de lectura sabático, aparte de perder el hábito de la lectura he perdido, muy a mi pesar, el conocimiento de los autores de moda y los nóveles que aparecen revolucionando el mercado literario, sus tendencias y cuales son best sellers en la actualidad.

Por tanto, desconocía en ese momento, el monumento en tinta escrita que sopesaba mi mano. Me recosté en la cama y me decidí, merced a ese libro desconocido para mi, recobrar esa vieja y única sensación de abandonarse por completo a algo, en este caso, a la lectura. De descender a ese maravilloso mundo mágico que sólo es capaz de crear un libro. Dimitir en el pensamiento más absurdo y dar paso a la imaginación. Simplemente, leer.
Letra a letra, frase a frase, durante esa noche recordé lo maravillosa de esa sensación. Con que facilidad uno olvida ciertos hábitos saludables, pero a la vez, no tiene reparos en adentrase en otros menos lucrativos para la mente.

Dos semanas y media después, sobrepasando ya las dos de la madrugada y encogido en físico y alma bajo la tímida luz de la lámpara de mi mesita de noche, esta vez en Madrid, terminaba completamente encogido y emocionado su lectura.

Confieso que no fue una buena noche la de ante ayer, sabía que iba a dormir poco y mal y, decidí elegir ese momento para acabar el libro. Soy de esos –otra rareza más de aquí un servidor- que necesita terminar un libro eligiendo un momento especial, que se cumplan ciertos ingredientes. Soledad y tranquilidad como ejemplos. Siento que le debo al libro y a su autor eso. Por lo que me ha hecho disfrutar y sentir durante su lectura, por haberme conectado con mi imaginación. Dedicar en cada final de libro los cinco sentidos. Disfrutar y vivir ese momento no de cualquier manera, sino de una manera especial.

Pese a mi ánimo, ante anoche presentí que era un momento ideal para terminar el libro e intuí que acabarlo me tranquilizaría. Lo consiguió.


Un jovenzuelo con una energía, nobleza y curiosidad parecida a la mía -jeje- se adentra en la frenética búsqueda del paradero de un escritor del que queda maravillado tras leer una novela suya. Amor, amistad y sobretodo, lo más maravilloso para mí, un romanticismo genial.
La moraleja del libro es aplastante. Arriesgar por lo que queremos, luchar por ello y que no nos lo arrebate nada ni nadie por nada del mundo.

Tras esta historia sobre como llegué a este libro, tengo mi moraleja particular. No sabemos que hay detrás de cada puerta, cualquier detalle por insignificante que parezca puede hacernos cambiar de rumbo, y de vida. Y no hay que tener miedo de lo que nos deparen estos giros. Hay que enfrentarse a ellos con valentía y sobretodo, con ilusión. La lectura de esta maravillosa novela, tan inesperada, tan no buscada...

Creo sinceramente que no podría encontrar un libro mejor para engacharme a la lectura de nuevo. Aquí un ejemplo de lo que no buscamos y encontramos. Casualidades de la vida...

¿O no?

lunes, 19 de marzo de 2012

Esa llanura...

A escasas veinticuatro horas de decir hasta luego al general invierno, perdón, este año sargento y de poca monta, miro atrás y encuentro menos lastres en mi globo de los que había el año pasado por estas fechas. ¿Mucho mejor no? -pienso.

Es curioso la de cosas que pueden llegar a pasar en un año. Retomar el ejercicio y lo que ello conlleva, escalar el muro del tabaco, retomar el buen hábito de la lectura y, llenar y vaciar el corazón como si fuera un tanque de gas-oil de un automóvil imaginario...

En referencia a esto último, hace no mucho que se ha vaciado el mío. Dejé sencillamente -sin saber muy bien cómo- que alcanzara la reserva sin ningún temor y dejar que se acabara sin más y, por supuesto, no echar más combustible. Se acabó. Con la última gota se fueron todas las impurezas. No había otra manera de hacerlo que por lo menos conozca o me hayan enseñado, lo siento. Dejé de llenar el combustible de lo imposible, y puede también que de lo absurdo. Aunque tratándose de algo irracional cualquier adjetivo se queda corto.
Un mundo nuevo que sigue...

Me hallo pues, tras este incidente maravilloso, sin gota de ese gas-oil y dispuesto a empezar de nuevo. Sentado en la cuneta y con suma tranquilidad -pese a mis momentos locos- diviso otra vez esa llanura como testigo y electo gobierno. Con la cabeza ligeramente inclinada hacia dónde los ángeles nos observan y los ojos cerrados ocultos tras unas gafas de sol, dejo que el viento acaricie mi cara y recorra así el perfecto semicírculo que brota de mi boca de oreja a oreja. Esperando, y esperándote.
¿Dónde están los sueños de verdad?



Mañana llega la primavera, el cielo será más azul, el aire más benigno y creo que estaré más preparado para ganar o perder. También, todo sea dicho, el Real Madrid seguirá gobernando desde la atalaya el Campeonato Nacional de Liga.

¡Ah!, también tengo -¡qué afortunado!- a la mejor amiga que se puede soñar en esta vida y en mil más y, con valentía y toneladas de ilusión, si usted querida amiga mía me lo permite, la cojo de la mano, la aprieto fuerte y con paso firme y sin miedo avancemos juntos en este camino sin soltarnos. ¿Buen plan, verdad? ¿Te atreves?

viernes, 24 de febrero de 2012

Merezco



Siempre me ha encantado interpretar las letras de las canciones que llaman mi atención y, por supuesto, lo hago a mi manera, es decir, intentando que en ellas se refleje mi vida pasada, presente y, como no, futura. 

Desde mi punto de vista la canción “Merezco”, de Zahara, no necesita mucha interpretación. Y es una de mis favoritas de esta exquisita cantante.

“Me lo merezco por tonta”, dice el estribillo, y continua diciendo “no le digas a nadie que no llegué a tiempo…lo merezco”. 

Habla de perder un vuelo, como quien pierde el último tren. Hace referencia a llegar siempre tarde o no llegar a tiempo. A estar en un sitio equivocado en el momento incorrecto. Y explica todo aquello que no va a vivir por haber perdido ese vuelo. Todos sus sueños  se quedan en ese avión que no llegó a coger por no llegar a tiempo. Por seguir unas señales equivocadas y por no hacer caso a las que debería haber seguido.  



A todos nos ha pasado algo así en alguna ocasión. Hemos estado en otro lugar cuando deberíamos haber cogido ese último tren, el cual, muy probablemente, nunca vuelva a pasar. Hemos llegado tarde o, por el contrario, demasiado pronto. Pero… ¿merecemos perder nuestros sueños por ello? ¿Merecemos la desilusión o sufrimiento que sentiremos por perderlo, por haber estado en el lugar equivocado a la hora equivocada? ¿Lo merecemos por haber sido tan tontos de no seguir las señales que nos llevaban a  la felicidad?  

Yo creo que, en la mayoría de las ocasiones, lo merecemos. Porque están a nuestra disposición miles de señales que nos indican la dirección contraria a la que decidimos seguir. Porque sí, porque nos cegamos y ensordecemos ante cualquier paisaje bonito o viento favorable. Pero no nos paramos a pensar en el destino final. Y cuando nos damos cuenta que hemos escogido el camino equivocado, y volvemos al punto de partida, normalmente es demasiado tarde y puede ser que nuestro tren, cuyo billete nos ha costado tanto conseguir, ya haya partido y nunca vuelva. Merezco.

viernes, 10 de febrero de 2012

Baile de máscaras


Es curioso como retengo en mi mente aquel momento. Una preciosa tarde de verano de las que me encantan. La compañía que había. Pipas con cartas. Césped frondoso y fresco. Agosto.

Me paro un momento. Como puede cambiar una vida -y el transcurrir de ésta- de forma tan aparentemente sencilla e inofensiva. De como los momentos o como hemos escrito aquí Edelweiss y yo varias veces, de como nuestras elecciones se nos presentan en forma de caminos y sus continuas disyuntivas. Caminar y elegir. Aquel agosto sin ser consciente, elegí un camino difícil de abandonar.

Porque ya no te tengo miedo
Porque te he ganado
Porque he recuperado mi libertad
Porque me he arrancado de un plumazo esa asquerosa máscara

Pero... ¿en qué momento sucedió? ¿cuándo me saltó el resorte?.
Iba a casa a comer tras salir de trabajar. Era un día soleado de invierno, precioso, con ese picorcillo que te da el sol en esa estación. Las anteriores semanas ya fueron inquietas porque algo iba a pasar...
Sólo en el coche. Febrero. El último, detrás no habrá más. Se acabó.

Es una imagen tan cristalina que sería capaz de dibujarla si tuviera ese don. Por cierto, aunque no lo entienda quien pueda leer esto, es una imagen que me gustaría olvidar y dejar de darla valor.

Porque no me gobiernas
Porque has perdido
Porque te escalé
Porque era prácticamente imposible...

Hoy hace un año que dejé de fumar de manera real. Aunque, como yo insisto cuando hablo de ello, este proceso -para que tenga éxito- debe empezar mucho antes y no de manera espontánea.
Desde que Edelweiss me propuso la creación de este espacio una de las entradas que quería hacer era esta. Ella me insiste -y más gente- en que he sido un valiente pero, yo insisto en que no es así y que el valiente es aquel que aquella tarde de agosto se niega y no elige el camino más bonito.

El secreto no es más que darse cuenta que ese camino -el bonito- tarde o temprano estará plagado de árboles secos y sombríos. Que mirarás a los lados y verás muros imposibles de escalar cada vez más y más altos y, sinceramente, sólo hay una o dos oportunidades. Porque fracasar no es malo, es nefasto. Lo peor que le puede pasar a quien intenta escalar por ese muro es no lograr coronarlo y poder así salir del camino. Lo demás es verborrea de quien nunca anduvo en él y no ha visto esos muros.
Quise sentirme libre, sin dependencias. Disfrutar más de las cosas. Quitarme muchos miedos. Cogí carrerilla y lo escalé. Y lo logré...

Quitarme la máscara y por fin bailar...


Gracias a todos los que en mayor o menor medida me han aguantado antes, durante y después de todo este proceso largo y duro. Sin su ayuda, sin ese empujón que me impulsó en mi escalada y que me sostuvo en ella, hubiera sido imposible por mucho que tenga en mi equipo la inestimable ayuda de la -mi- cabezonería.

lunes, 6 de febrero de 2012

Carta de una desconocida



Un hombre recibe una carta anónima con el título de este blog: “A ti, que nunca me has conocido”. El contenido de dicha epístola habla de un amor eterno y silencioso, doloroso y triste. Aborda la entrega y el fracaso, el recuerdo y el olvido y, sobre todo, habla del amor y el desamor.

Casi inconscientemente apretó el sobre entre sus dedos sospechando que dentro había quedado alguna carta adjunta. Pero estaba vacío y carecía, lo mismo que la extensa epístola, de la dirección del remitente y de la firma. “Es curioso” pensó, y tomó nuevamente la carta entre sus manos. Arriba a manera de título, aparecía escrito: “A ti, que nunca me has conocido”. Muy extrañado, se detuvo. ¿Tratábase de una carta destinada efectivamente a él, o a una persona imaginaria? De pronto, saciando su curiosidad, comenzó a leer”.

Estoy hablando del relato homónimo de Stefan Zweig. A mí me parece una lectura muy recomendable y que puede hacer reflexionar al lector sobre muchos asuntos relacionados con el amor pero, sobre todo, hace referencia a una realidad de la que todos somos conscientes: se puede amar a la persona menos indicada. Amar, en definitiva, a una persona que nos hace sufrir, con o sin intención y que, a pesar de dicho sufrimiento, nuestro corazón se niega a romper ese sentimiento nocivo para nuestro cuerpo y mente. Desde la objetividad, todos pensamos que nadie se merece un amor así, pero la protagonista de este relato nos muestra una realidad distinta, una realidad vivida en primera persona y a flor de piel.


“A quién podría hablarle en esta terrible hora si no a ti, que fuiste y eres todo para mí. Ahora sólo te tengo a ti en el mundo, sólo a ti que no sabes nada de mí, que juegas o coqueteas con personas y cosas sin sospechar nada. Sólo a ti que nunca me has conocido pero al que siempre he querido. Quizá no pueda hablarte de una forma muy clara, quizá no me entiendas. Sólo quiero hablar contigo, decírtelo todo por primera vez. No te inquietes por mis palabras, una muerta ya no quiere nada, no quiere ni amor, ni compasión, ni consuelo. Sólo quiero una cosa de ti: que creas todo lo que te confiesa mi dolor, un dolor que solo busca amparo en ti. Quiero descubrirte toda mi vida, la verdadera, que empezó el día en que te conocí.” 

Demolerdoras palabras. Dolorosas sensaciones. Pero nadie que recibiera una carta así quedaría indiferente por su intensidad y sinceridad.
Si no habéis tenido el placer de disfrutar de este exquisito relato, os recomiendo que lo hagáis. Merece la pena.
Si sois más “amigos” del cine, Max Ophüls versionó este relato en 1948.



Amar sin límites de tiempo y forma. Amar sin ser correspondido. En definitiva… AMAR.



domingo, 29 de enero de 2012

¿Camino vallado?

Imaginaros por un momento que tuviéramos la sensación de que las decisiones que tomamos están siendo dirigidas hacía algo y, hagamos lo que hagamos, no nos podemos desviar nunca de ese camino para así llegar al destino previamente fijado.
No me refiero a que nos privaran de la libertad propiamente dicha como la conocemos, sino que no tuviéramos el libre albedrío para tomarlas y que todas ellas fueran orientadas o destinadas a ese algo. Que igual es así, hecho que, por cierto, no me preocupa por pura convicción de lo contrario.

Pero desde luego habría algo peor. ¿Y si supiéramos que esto es así ya de antemano?, o que en algún momento de nuestra vida llegara alguien para informarnos de ello. Es en este punto donde voy a hacer esta reflexión, motivada por una película que pude ver hace unas semanas.
Su argumento gira alrededor de un muchacho que es dirigido por otros que le van encaminando día tras día, paso a paso, a tomar las decisiones correctas para alcanzar ese destino ideal que han escrito para él. Es decir, un camino ya fijado y completamente recto. No caben desviaciones de ningún tipo.
¿Hasta dónde estaría una persona dispuesta a luchar acerca de ese destino, si conociera de su existencia? ¿Se conformaría? ¿Lucharía por cambiarlo?...

Me pongo en una situación concreta e imagino cierto momento -le ocurre al personaje de la película-:
Un buen día, sin esperarlo, te cruzas con esa persona. Sientes que ES ella -o él- y, a la vez, tienes la suerte de ser correspondido. Diana, bingo, premio para el caballero.
Todo marcha de maravilla, pero entonces... sabes que si sigues con ella, si tomáis juntos el mismo camino, esa persona saldrá gravemente perjudicada. Sin ti, le irá más que bien y tendrá una vida gozosa.

Ya sé que lo que escribo es pura ciencia-ficción y una chorrada de proporciones mundiales pero, ¿qué haríais?...
Cabe la posibilidad de echarse a un lado, o tal como escribió aquí Edelweiss en su anterior entrada, tomar el camino contrario. O por el contrario, no resignarse y aún sabiendo el fatal desenlace con esa persona, luchar contra todo para cambiar ese destino.

Y entonces me pregunto, ¿no sería esto egoísmo? ¿No sería lo correcto dejar que su vida fuera maravillosa y aunque ella -o él- no lo entendiera en ese momento, su gran amor la tendría que abandonar? ¿Qué sería más doloroso? ¿Hablaríamos entonces de sacrificio, de generosidad o tal vez de rendición? Quién lo sabe y quién haría lo correcto, -me pregunto-


Desde luego yo sé lo que haría. Considero la valentía la mayor de las virtudes porque, si no se cuenta con ella, no tendremos nunca la seguridad de preservar ninguna otra.

Fuera de estas reflexiones, afortunadamente nada de ésto es así y no sabemos lo que nos espera en nuestro camino: qué habrá detrás de cada árbol, detrás de cada subida o que nos encontraremos en esa curva que empezamos a tomar con tanto y tanto vértigo...


"Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo"

martes, 24 de enero de 2012

Ha sido un placer conocerte.


Hay personas que saben que en este mundo solamente hay una desgracia mayor que desear algo con toda el alma y no tenerlo: desear algo con toda el alma y tenerlo. Y hay personas que no lo saben.

Yo sé que casi todas las personas que se cruzan por este camino llamado vida, no se quedarán a mi lado. Sé que, en la mayoría de los casos, con el paso del tiempo, sólo seremos conocidos y, con mucha probabilidad, llegará un día que ni nos reconozcamos. Lo sé y lo asumo. No es tan malo ver cómo la gente encuentra otro camino que no es el mío. Es fácil de entender. Tal vez yo también lo he hecho y también es algo natural.

Pero cuando en nuestro camino se cruza ESA persona, la cosa se complica mucho más. Porque encontrar la compañía ideal para recorrer la vida es complicado, y todos anhelamos fervientemente hallarlo. Y si, por fin, caminamos durante varios kilómetros de su mano nos daremos cuenta que no sólo hemos encontrado lo que anhelamos con todo el alma, sino que además lo tenemos, y no nos resignamos a perderlo, intentando retenerlo asiendo su cuerpo de todas las maneras posibles.


Pero es de valientes dejar que ESA persona tome su camino y que conduzca su vida hacia la dirección que más le convenga. Y es de héroes ser uno mismo quien decida, al llegar a un cruce de caminos, que es hora de decir adiós y saber que la vida sigue. Y desear de todo corazón que le vaya bonito pensando con una sonrisa en los labios: ha sido un placer conocerte y todo un privilegio que nuestras vidas se hayan cruzado en aquél camino soleado y lleno de flores de colores.



Mientras caminas en dirección contraria, siempre podrás pensar en ese amigo que nunca te abandona y que siempre te ofrece su mano para que sigas caminando. Pensaré en ti.